Limpiar sin un orden claro es una de las razones por las que una sesión de limpieza acaba durando más de lo necesario: es habitual barrer el suelo y después quitar el polvo de una estantería, sin darse cuenta de que ese polvo vuelve a caer sobre el suelo ya limpio.
La regla general más útil es limpiar de arriba a abajo: primero techos, lámparas y estanterías altas, después superficies a media altura (muebles, encimeras) y por último el suelo. Así, cualquier polvo o suciedad que caiga durante el proceso termina en el suelo, que es lo último que se limpia.
Dentro de cada superficie, conviene ir de seco a húmedo: primero quitar el polvo suelto (con un plumero, un paño seco o aspirando) y solo después pasar un paño húmedo o un producto de limpieza. Empezar directamente con agua o producto sobre una superficie polvorienta suele convertir el polvo en una pasta que cuesta más retirar.
Para los suelos, tiene sentido aspirar o pasar el robot aspirador antes de fregar, nunca al revés: fregar primero y aspirar después reparte de nuevo el polvo seco sobre un suelo ya mojado, dejándolo sucio otra vez en cuestión de minutos.
Por habitaciones, empezar por las zonas menos usadas (dormitorios, pasillos) y terminar en cocina y baño suele funcionar mejor que al revés, porque son las estancias que más se ensucian de nuevo con el trasiego normal de la casa mientras se limpia el resto; así quedan recién limpias justo antes de terminar la sesión. En la cocina, termina vaciando el cubo orgánico y aclarando el fregadero: son los focos donde crían las mosquitas en otoño, y si aparecen, en nuestra guía para eliminar las mosquitas de la fruta explicamos qué trampas funcionan.
Aplicar este orden no reduce el número de tareas, pero sí evita repetir pasos ya hechos, que es lo que más tiempo hace perder en una limpieza general de la casa.
